Así como hay una generación que goza de una estrella dorada en el pecho obtenida antes de nacer, que vio el penal de Trotta y la pirueta del Turco Asad en algún viejo VHS primero y en YouTube luego, yo soy de la generación que creció bajo la luz de la fe del Campeonato Nacional de 1968, ese que hoy cumple 47 años.
Porque antes del Clausura de 1993 y toda la gloria que abrazaríamos luego, mi viejo me hablaba del Vélez campeón del 68, la única alegría fortinera hasta ese momento. Y yo crecí disfrutando a un equipo al que pude ver recién años después cuando conseguí los primeros registros audiovisuales de aquella epopeya. Así como la tradición oral mantuvo viva y eterna la historia y la esencia de cada pueblo, las historias de aquel equipo de Manuel Giúdice son mi Biblia, mi Torá, mi Corán, mi Ilíada y Odisea. Detalle más, detalle menos, disfrutaba de cada volada del Gato Marín que me narraba mi viejo, mientras en mi cabeza yo me lo imaginaba con una capa roja evitando la caída del Empire State. El negro Roque Nieva haciendo reventar literalmente un balón contra el travesaño, Gallo poniendo el cuerpo, el alma y hasta las manos por Vélez, la goleada “como por 10 a 0, ya ni me acuerdo, contra un Huracán de Bahía Blanca”(11-0 vs. Huracán de Ingeniero White en la 13ª fecha).
Creí y creo sin haber visto en Ovejero, Zóttola, Solorzano y Nogara. En “el famoso cordobés” Daniel Willington, el mejor 10 de la historia del Fortín del que sólo vi viejos cassettes pero escuchaba cómo dejaba en ridículo a rivales mientras jugaba parado.
Grité goles que jamás vi del Turco Wehbe, Luna, Pichino Carone y de Carlitos Bianchi, ese super héroe que estaba volviendo de Francia para sentarse en el banco de suplentes y comandar al mejor Vélez de la historia. Algo así como que Batman saliera de mis primeros libros de historietas para ponerse a patrullar en la esquina de casa.
El triangular definitorio contra River y Racing, el arbitraje de Nimo, la final en el Viejo Gasómetro, la alegría que se le pudo dar a Don Pepe Amalfitani antes de que se vaya de gira. Un relato fantástico comparable con la aventura de Frodo y compañía hacia el Monte del Destino pero real, de carne y hueso, de Villa Luro / Liniers y para toda la historia.
A cuatro días de la Navidad, el campeonato de 1968 fue un evento fundacional en la historia de Vélez y en mi fe futbolística. El recuerdo imborrable de ese título es el punto de partida sobre el que se basa todo lo que llegó 25 años después. Esa historia de personajes casi mitológicos, de gestas heroicas, de momentos únicos que nos llegan en viejas imágenes en blanco y negro, a través de la prosa o del relato pero que las vivimos y disfrutamos como si fuéramos parte. Esa alegría que perdura a través del tiempo y que nos incluye, que nos invita a seguir creyendo en el Vélez del 68, en el de 1994 y en el del 2016. Porque sin dudas el motor del hincha es la fe: en el club, en el equipo, en los colores, en lo que vio y en lo que le contaron. La fe de hace 47 años, la de hoy y la de siempre.
Emiliano Curuchaga
@Emi_Curu
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