miércoles, 4 de junio de 2014

Todos los momentos que viví: Racing (2003)


Corría el año 2003, teníamos un Vélez que no tenía gusto a nada, el campeonato económico del querido Raúl Gámez nos tenía a mal traer viendo al Fortín en los últimos puestos de la tabla. Era 31 de agosto, exactamente domingo, una tarde hermosa pero bien fresca, esas que regala el invierno de vez en cuando.

Una angina fatal recorría mi cuerpo, la temperatura oscilaba entre los 38º y los 40º, la garganta inflamada a tal punto que no pasaba ni un cabello de ángel y los dolores de cabeza explotaban como bombas nucleares. No podía ni levantarme, pero algo andaba fuera de lo normal, había una cosita que me decía "dale levántate y anda al Amalfitani que una alegría vas a tener entre tantas malas." 

Logre convencer a la vieja que me abriera la puerta con alguna artimaña de cariño, palabras dulces y promesas que ella misma sabía que no se iban a ser cumplidas jamás, pero mi rostro le ablandó el corazón y dejó que corriera hacia la calle. Entonces subí al auto y, como siempre, los tres mosqueteros emprendimos el viaje hasta el estadio. 

Al admirar las banderas, los bombos, y la gente alentando a pesar de ese momento fatal que pasaba nuestro club, noté que esa era la verdadera cura para esta fiebre. Como siempre, media hora antes, nos ubicamos en nuestro lugar, debajo del primer paravalancha en el sector derecho de la Popular Este. Nos sentamos bajo el sol, saludamos a Norberto, comentábamos lo que podía pasar y la poca esperanza de ganar el partido estaba latente en varios de nosotros. 

Nos tocaba Racing por la quinta fecha del Apertura. Así empezaba la acción, las pelotas caían como balas sobre el arco defendido por Sebastian Peratta. Los remates de Diego Milito, Mariano González y el “Chanchi” Estevez, rozaban el gol. Sufríamos, nos agarrábamos la cabeza. La fiebre empezaba a subir, el cerebro empezaba explotar de nuevo, el primer tiempo terminó 3 a 0 abajo, mi temperatura corporal estaba en 39º y, sumado al enojo, creo que estaba en 45º, era el propio infierno. 

Comenzó el segundo tiempo, el remedio estaba en el auto, cada vez me sentía peor pero parado y con los brazos en alto mantenía en pie esa ilusión. Los tres mosqueteros teníamos ese sentimiento que algo estaba por pasar, algo estaba por venir, y fue así; promediaban los 25 minutos del segundo tiempo y, con dos bombas del Roly Zárate, el equipo se ponía a tiro, 3 a 2 estaba el encuentro. 

La gente alentaba, saltaba, empujaba pero el equipo había perdido el rumbo de nuevo, sin embargo, había algo que seguía picando que nos hacia quedarnos quietos en nuestros lugares y gritando por la V azulada sin parar. La angina atacaba más fuerte que nunca después de los dos gritos, el dolor era insoportable pero seguíamos de pie, hasta ese momento, donde apareció un insecto sanador, que no sabemos de dónde salió, que saltó, y embocó un cabezazo en el arco de Mario Cuenca y puso el empate. 

Ese bicho era Flotta, si, Maximiliano Flotta, que nos hizo saltar a todos a un minuto del final, convirtiendo la igualdad, el 3 a 3 y la cura para mi maldita enfermedad, que se fue, se despidió de mi cuerpo cuando nos fundimos en un solo abrazo todos los fortineros, dejando atrás mis dolencias, los fastidios y todo lo que me aquejaba para gritar GOL y disfrutar de ese milagro, de esa cura milagrosa que sólo Vélez nos puede dar y que, hoy en día sentados en la Platea Sur con fiebre, angina, gripe o lo que sea, sabemos que ese es el mejor doctor son estos colores.

Por Pablo Pino (@Pablopino3)

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