lunes, 26 de noviembre de 2012

En el último suspiro


Una odisea para conseguir las entradas fue lo primero que tuviste que atravesar para estar ahí, en Floresta, alentando al equipo. Una cancha chiquita y una fecha que nadie quería perderse, así tuvieras que dejar de lado otras cosas.
¿Ya es domingo? Te preguntaste al abrir los ojos. Y sí, el día había llegado. Comiste, o no… Los nervios cerraron algunos estómagos. Partiste al Amalfitani con la ilusión a flor de piel.
Allá te esperaba tu familia velezana, en la plaza, en el poli, en la sede… Con un fernet, gaseosa o nada, ¿por qué no? El tiempo pasaba y las V azuladas se acumulaban, subiste al micro, ansioso porque arranquen hacia el barrio hermano.
En el corto camino que transcurrió, el clima se iba calentando con el extenso repertorio fortinero que sonaba en tu micro, pero siguió cuando te bajaste en J. B. Justo y fuiste caminando hasta la cancha.

Y ahí estabas de nuevo en el Malvinas Argentinas, o por primera vez, expectante y nervioso, como cada alma velezana presente. Entró el Fortín y el partido empezó. Cada vez tenías menos uñas, el crónometro pasaba de una forma asesina y las pelotas que pegaron en el travesaño te hicieron ver las estrellas.

Pero hay algo que sigue vivo y nos renueva la ilusión, diría una canción, y Luquitas Pratto te devolvió el alma al cuerpo, no me lo niegues. Las lágrimas brotaban de tus ojos, y al abrazarte con el fortinero de atrás o de al lado viste que no eras el único que se emocionó. Pensaste en tu abuelo, en tu papá, en tu hermano, en tu amigo. Terminaste en el piso por la avalancha pero ni te diste cuenta.


La fiesta recién empezaba. El segundo gol le ponía la frutilla al partido. La cancha se inundaba de nuestras canciones, camisetas azules y blancas decoraban el cielo y Pezzota pitaba para darle fin al segundo tiempo. ¿No se te explotó el corazón de felicidad?
Caminaste de vuelta, o fuiste arriba del micro. En los dos casos, una hermosa postal que reflejaba la emoción y la alegría del pueblo fortinero, que te encontraba nuevamente en la punta. Solos. 

Llegaste a tu casa, te fuiste a festejar, o a dormir. Válidas las dos opciones, porque la cancha te dejó de cama. Y también algunos moretones, te dolían las piernas, la espalda… Pero todo eso se nubló por completo, demasiados sentimientos para pensar en tu cuerpo.
Y hoy te despertaste con una sonrisa, obvio. Esa que solo Vélez te sabe dejar. 180 minutos nomás. Es imposible no ilusionarse, pero “paso a paso” diría el enorme Tigre Gareca. Ya querés que sea domingo porque seguramente, como me pasa a mí, “no sé que me hace venir a verte, pero acá voy a estar siempre…”


@aayelen

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