lunes, 5 de octubre de 2015

Vélez 1 - Chicago 2: Desde el banco


Estimado/a lector/a y compañeros de Pasión Fortinera: en virtud de la libertad y confianza que me han brindado en estos meses para escribir esta columna, la entrega de hoy va a ser distinta. Necesito este espacio para contarles lo que vi, sentí y viví en la tarde de ayer. Les agradezco y a la vez pido disculpas por oficiar de psicólogos, pero considero que sólo ustedes son capaces de entenderme.


El análisis técnico de hoy es un rejunte de todas las columnas anteriores: 4-4-2 sin ideas ni transiciones. No supimos manejar la ventaja en el resultado ni numérica y tampoco los nervios de la desventaja. La suerte abrió el marcador, la desgracia nos lo dio vuelta y ambas pudieron haber alcanzado el empate o abultado el score para el rival. Jugadores en bajo nivel y en posiciones que no rinden, cambios desesperados para salir de Guatemala y entrar en Guatepeor. El problema no es la vocación defensiva del técnico: Vélez jugó con un hombre de más y toda la carne en el asador durante más de media hora ante un equipo casi descendido. El problema no es la carne: el problema es que no sabemos ni siquiera cómo encender el fuego.

Para cerrar la parte técnica, una vez más fue determinante la falta de lectura del partido: ¿señores ustedes pensaban que Nueva Chicago iba a venir adentro del cajón, con la mortaja puesta, a esperar que nosotros le bajemos la tapa y los mandemos a la B Nacional así de fácil? ¿Tan dóciles piensan que son sus colegas rivales? Ayer el equipo hizo historia: perdió contra un equipo del ascenso después de 33 años y por primera vez en la historia en condición de local. Russo no es culpable de los rendimientos de los jugadores y quedó en evidencia que esto no es un problema de los pibes, sino más bien de varios grandes. Sí es el responsable de no poder transmitirles una idea y una razón para jugar al fútbol, de correr felices con una pelota en el pie, con las ganas y el hambre de hacer historia en uno de los clubes más emblemáticos del país.

Lo único que comparto con Miguel a esta altura del año fue su declaración post partido: “hoy hicimos todo mal”. Y le agrego una palabrita: ayer hicimos TODOS todo mal. Y hablo de todos porque Vélez somos todos, en las buenas y en las malas.

Lloré muchas veces en el Amalfitani: de alegría, de tristeza, de emoción, de bronca. Pero ayer, al retirarme del estadio, por primera vez se me cayó una lágrima de angustia: un nene de no más de 5 años le preguntaba a su papá por qué había entrado la policía y por qué se peleaba la gente. ¿Qué responderle?

Hoy el mundo del futbol canta y habla de actitud, de aguante, de “huevos”. ¿Sabe el verdadero hincha de Vélez lo que es tener huevos? ¿El “vivo” que nos hizo quedar como
un club del ascenso colgando una bandera ridícula y con la remera rival cree que tiene huevos? ¿Que ingrese la policía al campo de juego por 2 “astutos” y varios más que los festejan es tener huevos? ¿El plateista que se agarra a trompadas con otro por pensar distinto cree que tiene huevos? ¿Ir a romper a un rival en lugar de intentar jugar bien es tener huevos?

Huevos no es quemarle el quincho a nadie, robarle el trapo a nadie ni matar a nadie. Huevos es poner horas de tu descanso y de tu familia para el crecimiento del club y de su gente. Huevos es levantarse temprano un domingo para pintar el club, juntar y repartir donaciones, darle una mano al fútbol recreativo e infantil. Huevos es dormir poco pero feliz sabiendo que hiciste algo por Vélez, incluso bancándote los reclamos de tu novia, esposa, hijos, padres, jefes, y miles de etcéteras.

Huevos tuvo Don José Amalfitani, agarrando un club quebrado, descendido y desterrado y convertirlo a base de esfuerzo y trabajo en el club más hermoso del país, ejemplo educativo y deportivo a nivel nacional e internacional, multidisciplinario y semillero de todos los deportes de alto rendimiento. Huevos tuvo don Victorio Spinetto, técnico durante más de 15 años -13 de manera ininterrumpida-, responsable del ascenso en 1943 y del subcampeonato de 1953, cuando el torneo lo jugaban los 5 “grandes” y el resto purgaba por no morirse.

Huevos tuvo don Ricardo Petracca, quien se plantó ante los asesinos y delincuentes del Ente Autárquico Mundial 1978 que quisieron robarnos y hacernos cómplices de sus delitos.

Huevos tuvo Carlitos Bianchi, dejando la comodidad de Europa para agarrar a un rejunte de entusiastas y convertirlos en el equipo más recordado de la historia de Vélez. Huevos tuvo Chilavert diciéndole a Rossi de qué se reía, si era el peor arquero del mundo, o el Turco Asad marcándole la cancha al histórico Franco Baresi ante todo el mundo.

En Vélez sobran ejemplos de huevos, lo que está claro es que ayer fuimos testigos de lo que es no tenerlos, ni dentro ni fuera de la cancha.

No puedo hacer otra cosa que pensar en ese nene y en la triste imagen que se llevó de la cancha. Pienso que de tanto huevo, hay varios que se pudrieron. Pero, sobre todo, pienso que de tanto pensar y sentir con los huevos, nos estamos olvidando de pensar con la cabeza y de sentir con el corazón.

Ayer perdimos más que en lo deportivo. Ayer perdimos nuestra identidad. Espero que pronto, TODOS, recuperemos lo segundo. Es el único camino para recuperar lo primero.


Emiliano Curuchaga
@Emi_Curu

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