miércoles, 8 de junio de 2016

Homenajes: Campeón Clausura 93



"No son todos días soleados", dicen por ahí. Éste no fue un día cualquiera, ésta no es una historia cualquiera, y éste, estoy seguro que no fue un torneo cualquiera para los fortineros. Lo cierto es que prefiero contarlo desde la visión de mi viejo, sólo así podrán sentirlo como yo. No existe remedio para tanta enfermedad.

"La noche anterior a aquel 8 de junio de 1993 les aseguro que fue la peor noche de mi vida. Entre la lluvia y la fiebre al tope, les aseguro haberme olvidado que al día siguiente podría vivir una final, una revancha, después de 25 años de sequía. Con casi 40 de fiebre, llegó aquel esperado día, mi hijo Pablito, de tan solo un año se había quedado conmigo, ya que mi esposa laburaba ese día, y nos encontrábamos los 2 solos. Se acercaba la hora, y ya me había resignado de realizar el viaje a La Plata en busca del torneo por mi estado deplorable.

Cuando lo creí más irreal llegaron ellos, los muchachos, Hernán y Darío rompiéndome las pelotas a los timbrazos limpios entre gritos de "¡Dale que se hace tarde che!". Desesperado, abro la puerta, casi en pantuflas respondiendo a puro gritos y risas que no podía, que me miren cómo estaba.

La verdad, es el día de hoy, que no se cómo lo hicieron, pero lo hicieron. Me convencieron, increíble, pero con una fiebre que desbordaba, nos subimos a aquel Fiat 127 con un pequeño gran problema por delante. Tenía que dejar a mi hijo en el trabajo de mi esposa, "entregar el paquete" como yo siempre decía, pero la otra parte del problema lo tenía en que mi mujer laburaba en el Hospital Pirovano. Yendo contra el tiempo, y contra la fiebre, partimos (yo al volante), de Liniers hasta Belgrano en medio de un tráfico de locos. Pero, en el fondo, ¿qué nos importaba, no? Era una tarde gris y, cuando ya empezaban a caer las primeras gotas, llegamos a La Plata.

La fiesta fortinera que se vivió aquel día fue inigualable, la gente en masa sacando entradas atrás de aquella popular visitante de tablones, que no paraba de temblar entre saltos y gritos a puro corazón.

Casi nos llevamos el partido, nuestro Chila abrió la cuenta con un penal recordado, el primero de los tantos que estaban por venir en su carrera, pero lo empatan casi llegando sobre la hora. En el fondo se sabía que no era mal resultado, de no ganar Independiente, ya podíamos volver a dar la vuelta olímpica después de 25 años.

Terminó el partido, diluviaba, era de noche, yo seguía enfiebrado hasta la última gota, pero no me arrepentía de estar ahí, llegamos al coche y nos encontramos con aquella cubierta pinchada. Lamentablemente, la muchachada no entendía nada de autos, así que tuve que cambiar la rueda en medio del barrio, con frío y lluvia, y prácticamente hecho sopa.

Una vez más, Vélez me había puesto a prueba de amor, de fidelidad, y creo que la había pasado. Sin salir de este estado, como postre, tuve que volver manejando en ese estado, de La Plata hasta Liniers. Llegué como no me fui, 20 veces peor, no tuve tiempo ni de prender la tele para ver cuánto salía Independiente, que prácticamente me desmayé en la cama. Entre sopetones, me tuvo que despertar mi mujer para contarme que habíamos salido campeones, entre alegrías no hice más que seguir durmiendo.

La fiesta fue nuestra, la alegría tambien, el campeonato convulsionó todo el barrio y la semana siguiente la cancha explotó de almas fortineras".

Martín Benazzi 

@Benazzi27

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