Fecha 12 del Torneo, la esperada fecha “De los Clásicos”, en donde afortunadamente la AFA consideró al Bichito de La Paternal digno de tal consideración y nos lo puso enfrente 2 meses y medio después del 0-3 a domicilio en tal vez el mejor partido de Vélez del campeonato.
Tal y como le dije al cierre de la columna anterior, Argentinos hoy por hoy es el equipo más flojo del torneo pero era una vara más que acertada para medir la altura de este Vélez irregular, capaz de ganar y perder por igual ante cualquiera. Luego de la sentida derrota ante Independiente, el equipo necesitaba más que nunca revertir el desempeño colectivo ante su público.
Primera apreciación personal: en cancha yo vi un 4-4-2, con la dupla Somoza-Desábato de doble 5, Alvarenga por derecha, Cáceres por izquierda, Toledo suelto por el frente de ataque izquierdo y el Pampa Servetto bien de 9.
Usted podrá decirme que vio el clásico 4-2-3-1, yo me quedo con mi visión y con la ilusión de haber visto a un Vélez concentrado, cómodo tácticamente pero atado a la presión de ganar y a las limitaciones en la profundización. El equipo de Bassedas aún no encuentra la carta para jugar en 3/4 de cancha rival, diluyendo así momentos previos de buena posesión y toque al no saber cómo cerrar las jugadas.
Gran partido del doble cinco mostrándose cómodos entre ellos y complementarios en las funciones. Excelentes en la marca, un paso por detrás en la distribución. Tanto Somoza como Kolacha supieron cortar muy bien el mediocampo pero no estuvieron del todo finos para distribuir. Blas Cáceres no le puso tiza al taco y tuvo su partido más flojo del año, mostrando imprecisiones e impotencia. Alvarenga tuvo un buen recorrido por la derecha, sorprendiendo con un cabezazo en el segundo palo en la única jugada seria de Vélez en el primer tiempo pero siempre atado a tener que cubrir el retroceso de Cubero. Y aquí tal vez encontramos el problema más grave del equipo de Christian: las transiciones ataque-defensa y viceversa.
El Poroto, quien nunca perderá mi respeto ni afecto, hoy se siente desbordado por los rivales que ya descubrieron que sofocando su salida encuentran un hueco por donde entrar. Fabián se proyecta pero no retrocede a tiempo, condicionando así a Alvarenga y a Nasuti. Por la banda izquierda Pérez no se proyecta, dificultando el tándem con Toledo. Ya sea entonces por uno u otro andarivel, Vélez no termina de acomodarse en defensa ni en ataque, siendo capaz de ganar y perder partidos en función de los tiempos de reacción del rival y como ejemplo claro de esto basta con ver la tabla de posiciones.
Antes de pasar al segundo tiempo, de donde se puede obtener el mayor análisis táctico, permítame aclarar algo importante y que aún no mencionamos: el partido en sí fue horrible. Mostró a un Vélez, como dijimos, luchando contra sí mismo y sus limitaciones, falencias y necesidad de encontrar una identidad de juego definida y un Argentinos Juniors que no por nada hoy se encuentra en el fondo de la tabla y peleando mano a mano su permanencia en Primera. El duelo de necesidades se vio en el juego e imprecisiones de ambos, quienes mostraron poco fútbol y mucho empuje.
Para los 10 minutos del complemento Bassedas movió el banco para que Doffo se reencuentre con la pelota y gane confianza. Y si Vélez necesitaba ganar, Doffo necesitaba más que nadie volver al campo de juego y demostrar y demostrarse su exquisitez, buen pie y visión del juego. En su primer contacto, Agustín se mostró dinámico, pidiendo la bocha y yendo para adelante, alterando el esquema a un 4-3-1-2 con él como enganche, Tole a perfil cambiado por la derecha –tal vez apostando al enganche al área para disparar o centrar- y Servetto de punta. Lindo partido del Pampa, que en las pocas que pudo tocar se mostró como un claro 9 pivoteando, aguantando y peleándole la posición a los centrales. Pese a sus 20 años y primeros minutos en el fútbol grande, el pibe mostró oficio y corazón.
10 minutos más tarde, y jugando contra el reloj y la impaciencia, Romero reemplazaría a Servetto para profundizar el buen ingreso de Doffo y buscar el juego dinámico y de buen pie por debajo.
A los 30, y tirando toda la carne al asador, Christian metió a Stelcaldo por Cáceres y el dibujo cambió a un 4-2-1-3 con la intención de inclinar definitivamente la cancha contra el arco de Facundo Lanzillota. Todo lo que se podía poner en cancha estaba puesto. Vélez jugó los últimos 15 minutos al máximo de sus posibilidades.
Sin embargo la emoción máxima llegaría en tiempo de descuento, por la vía menos pensada y a través de un protagonista inimaginable. Lautaro Giannetti, el referente de la defensa, el jugador de mejor desempeño a lo largo del torneo y el de mayor crecimiento desde hace un año puso la cabeza para romper el cero y la angustia de todo un Amalfitani necesitado de alegría. El Pupi validó con el gol su excelente performance y se llevó el premio a un esfuerzo constante y tal vez poco premiado en el mundo del fútbol como lo es el de evitar los goles ajenos. Del mismo modo quedó demostrado que a este Vélez el traje de héroe le entra a cualquiera, ya sea Romero, Stelcaldo, Zabala y ahora a Giannetti.
Quedan 4 partidos para el cierre de este torneo y mucho por mejorar. No por cuestiones de capricho o paladar fino, sino porque el próximo nos encontrará en una circunstancia poco deseada en términos de promedios. Es importantísimo sumar, consolidar nombres, afianzar desempeños y aceitar engranajes. Vélez tiene que profundizar su juego, sacarle filo a la espada y brillo al escudo y volver a ser temible en ataque e implacable en defensa.
El próximo sábado tendremos la oportunidad de confirmar las buenas actuaciones en condición de visitante nada menos que ante River en el Monumental. Un River que juega Copa Libertadores, que viene de la tensión del Superclásico y que se encuentra en su versión más vulnerable de los últimos años. Pero lo más importante es que tanto Bassedas como todo el equipo están ante la oportunidad de sacar lo mejor de su repertorio ante un rival de temer, de obligarse a dar su mejor versión y ganar la confianza para mostrarla domingo a domingo.
Hasta entonces, y al menos desde mi lugar de hincha, durante una semana nada más importa que ese cabezazo de Giannetti, el grito de gol desgarrador y el abrazo del alma con propios y extraños.
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