martes, 15 de marzo de 2016
Emmanuel Álvarez, 8 años sin respuestas
No conocí a Emma. Recién supe de él aquel 15 de marzo de 2008 cuando en la tele informaban la muerte de un joven camino a la cancha de San Lorenzo. Decidí no ir a ese partido por el riesgo que implicaba y porque mi viejo había preparado una linda picada para verlo juntos en lo que para nosotros era un ritual padre-hijo.
En medio de un mar de confusión y de noticias tiradas al aire buscando ser la primicia había una sola certeza: un pibe que bien podría haber sido mi amigo dejaba este mundo producto de una locura.
Pasaron 2922 días de aquel fatídico sábado y su muerte sigue siendo un expediente cajoneado en Tribunales, un caso sin resolver, una espina en el corazón de Vélez y de todos los jóvenes que pudimos haber sido las víctimas de ese disparo cobarde. Su partida me provoca las mismas sensaciones que Cromañón o de la tragedia de Once: el nulo valor de la vida, que la suerte de estar vivos o irnos al otro lado está muchas veces en manos de algún loco o maldito, estructuras de poder cómplices y corruptas, una justicia no sólo ciega sino también sorda, muda y paralítica y la impotencia de no poder ni siquiera con el martirio hacer algo para revertir la situación.
Desde la muerte de Emmanuel se sucedieron más pérdidas evitables en todo el universo del fútbol argentino y muchas de ellas por ligarla “de rebote”: por estar en el lugar y momentos incorrectos.
Los clubes, a través de sus propias gestiones de negocios y del financiamiento del Estado Nacional, han obtenido ingresos obscenos que sin dudas no han sido destinados a mejorar la calidad del deporte, de sus ejecutantes ni sus espectadores. De hecho gran parte de ese dinero sigue destinado a que la parca se siga emborrachando y jugando con su guadaña y para que salga impune de las desgracias que pueda generar.
Pienso en todas las canciones de cancha que hablan de dar la vida por los colores, de seguir hasta la muerte, que desde el cielo se va a alentar al equipo. Canciones que cantamos los vivos, obvio. Pero recordar a Emma, ver su nombre en la parte alta de la popular, ver que pasaron 8 años y su partida es un nudo en la garganta que todavía no se desata me hace sentir que una parte de todos nosotros se fue con él.
En lo personal pido a Dios que su muerte no haya sido en vano. Esperaré 8, 20, 1000 años más por las respuestas y acciones que eviten que nunca más la vida de un pibe que va a la cancha con sus amigos sea arrebatada impunemente. Que el recuerdo de Emmanuel no sea sinónimo de desidia y locura sino de esperanza en que, ya sea en vida o con la muerte, tenemos la posibilidad de cambiar la historia, de hacer del mundo un lugar un poquito mejor. Hasta entonces seguiremos pidiendo memoria y justicia por Emmanuel Álvarez, ese amigo que no tuve pero por el que lloré y extraño.
Emiliano Curuchaga
(@Emi_Curu)
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